El blog de ummo

Las mujeres nunca se caen


LAS MUJERES NUNCA SE CAEN
 
Aparecían casi todos los días, excepto los jueves, día de mercado, en la piscina, en el cuadrado de hierba alta cercano a donde yo tendía mi toalla. Se tendían al sol, increíblemente morenas, con las uñas pintadas y alguna joya de oro. Cuando se aburrían de sestear, hablaban de sus cosas, de los hijos y los maridos, con ese aire protector que se reserva para los niños eternos.
También jugaban a las cartas, cada una de ellas con un monedero lleno de pesetas rubias con las que apostaban. Nosotras, las jovencitas, nos llevábamos revistas y gafas de sol tras las que seguíamos los movimientos de los chicos, y adoptábamos posturas rebuscadas para disimular las caderas, los muslos, la desnudez disfrazada en la piscina de pueblo. No se nos hubiera ocurrido llevar una baraja, no teníamos tantos temas de conversación. Padres, novietes, amigas, dieta, quizá alguna asignatura para septiembre.
Un día, una de las mujeres de la toalla contigua apareció con una túnica floja, de colores brillantes, que ya nadie lucía a finales de los 80. Se había dejado el pelo suelto, y la vi con las gafas de sol incluso dentro de los vestuarios. Sus amigas la saludaron sin notar, en apariencia, nada extraño, le hicieron sitio, suspiraron y estornudaron al mirar al sol. La más morena de ellas le apartó un poco la túnica, hasta mitad de muslo.
–¡Jesús! –dijo.
Las otras volvieron el rostro muy despacio, paralizadas en sus posturas, como iguanas esbeltas y morenas. Al cabo de un momento, una de ellas preguntó:
–¿Te has caído otra vez?
Ella no respondió. Comenzaron a jugar a las cartas en silencio, como si algo hubiera enturbiado la serenidad de la mañana de sol. Reparé en que la dejaron ganar casi todas las veces. Consiguió 17 ó 18 pesetas, rubias, ya desaparecidas.
La mujer de la túnica continuó acudiendo cada día a la piscina, la última que llegaba, la primera que se iba, una de las que menos hablaba, y casi nunca de sí misma. Yo no le presté demasiada atención, tan absorta en mí misma, y mis posturas favorecedoras. Creía que las mujeres mayores estaban a salvo de dudas e incertidumbres de amor, que los años difíciles eran los 15 primeros de vida, que luego la existencia se deslizaba por aguas más calmas y previsibles.
No entendía nada. No sabía entonces que las mujeres casi nunca se caen.

Espido Freire, Revista Psychologies nº 18, Julio 2006

 
Este texto es una columna de la escritora Espido Freire publicado en la revista Psychologies. La propia Espido me ha autorizado expresamente a reproducirlo aquí y quisiera expresar mi más sincero agradecimiento, tal y como están las cosas hoy en día.
 
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Julio 3, 2006 - Publicado por ummo | El gran dictador, Encuentros en la Tercera Fase | | 2 comentarios

2 comentarios »

  1. Impresionante. La verdad es que el tema lo es.

    ¿Habéis leído alguno de los libros de E.F.? Todavía no he tenido oportunidad de leer ninguno. :”>

    comentario por Anónimo | Julio 4, 2006

  2. Pues yo he de reconocer que tengo acceso a mucha literatura ya que mi hermano tiene una librería, pero es imposible leerse todo lo que uno quisiera :”> Pero todo se andará… :)

    comentario por ummo | Julio 7, 2006


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